Nunca pensé que la bebida iba a acabar con mi vida. Al principio era solo salir los fines de semana con mis amigas, unas copas después del trabajo, reírnos un poco. Era normal, ¿no? Todos lo hacían. Pero poco a poco se fue convirtiendo en algo más grande. No me daba cuenta, pero el alcohol empezó a marcar mi vida.
Al principio pensé que podía controlarlo, que no pasaba nada, que yo era distinta, que no me afectaría tanto. Pero la verdad es que sí… me jodió la vida.
Soy una mentirosa
Desde el principio, cuando la bebida empezó a controlarme, empecé a mentir sobre todo. Al principio eran mentiras pequeñas, casi inocentes: decir que solo iba a tomar una copa con amigos, cuando en realidad bebía hasta perder la noción del tiempo. Luego las mentiras se hicieron más grandes y más peligrosas: mentía sobre a dónde iba, con quién estaba, cuánto había bebido, incluso sobre cómo me sentía.
Lo peor de todo es que me mentía a mí misma. Me decía que podía controlarlo, que no estaba tan mal, que no estaba perdiendo nada importante. Me repetía que podía dejarlo cuando quisiera, que todo estaba bien. Y la verdad era que no estaba bien en absoluto. Estaba perdiéndolo todo: primero mi marido, después mi trabajo, luego mi vida social, y finalmente mi dignidad. Cada mentira que decía era un ladrillo más en la pared que me separaba de la gente que me quería y de la persona que quería ser.
Mentir me hizo sentir atrapada. Tenía miedo de que la gente descubriera la verdad, pero también miedo de admitirla yo misma. Cada mentira era como un escudo que me protegía momentáneamente, pero que al mismo tiempo me aislaba más y más. Mis amigos empezaron a distanciarse, mi familia estaba preocupada y yo seguía engañándome a mí misma, convencida de que podía manejarlo.
Hasta que un día me di cuenta de que esa mentira constante estaba destruyéndome. Reconocerlo fue doloroso, pero necesario. Admitir que era un mentiroso me permitió empezar a enfrentar la realidad, buscar ayuda y, poco a poco, intentar reconstruir mi vida.
Sin esa aceptación, nada habría cambiado. Te animo a que hagas lo mismo…
Perdí a mi marido
Lo primero que perdí fue a mi marido. Al principio no fue de golpe. Las peleas empezaron por tonterías: una copa de más, un comentario fuera de lugar, llegar tarde, olvidar planes… Yo siempre encontraba una excusa para mí misma: “Solo es el estrés, solo fue una vez”. Pero no, no era solo eso. La bebida estaba cambiándome, estaba cambiando nuestra relación.
Él intentó ayudarme, me habló, me pidió que frenara, que buscara ayuda, que dejara de beber. Pero yo no escuchaba, me creía que podía manejarlo. Hasta que un día me dijo que no podía más, que se iba. Y así fue como perdí a la persona que más amaba.
Fue devastador, y no me di cuenta al principio de que la culpa era mía. Pero luego lo entendí, claro que lo entendí.
Perdí mi trabajo
Después vino el trabajo. Antes de todo esto, tenía un buen puesto, colegas que me respetaban y proyectos interesantes… pero la bebida empezó a colarse en mi día a día. Llegaba tarde, me inventaba excusas, me olvidaba de cosas importantes. Al principio me salvaba, mis jefes eran comprensivos, pero eso no dura para siempre.
Una vez me presenté a una reunión completamente borracha. No entendía nada, decía tonterías, y mis compañeros me miraban con lástima. Fue humillante y, al final, me despidieron. No fue solo un golpe económico, fue un golpe emocional.
Me sentí inútil, incapaz, y la bebida ya no era diversión, era mi verdugo.
Dejé de salir
Con el tiempo, dejé de salir. No porque quisiera, sino porque ya nadie me llamaba. Mis amigas habían dejado de invitarme, mis relaciones se habían enfriado. Incluso mi familia se había alejado un poco. Ya no tenía planes, ya no tenía motivación, solo quería beber en casa, sola, para olvidar lo que había perdido.
Me volví aislada. Salir me daba miedo, me daba vergüenza. No quería ver las caras de la gente, no quería escuchar preguntas incómodas. La bebida se convirtió en mi única compañía. Y así es como se siente la soledad: silenciosa, pesada, constante.
Perdí mi dignidad
Después de perder a mi marido, mi trabajo y mis amigos, perdí mi dignidad. Empecé a hacer cosas que jamás hubiera imaginado, solo por conseguir una botella, por conseguir sentirme un poco bien. Mentir, robar pequeñas cosas, engañar a los demás y a mí misma. Todo eso fue destruyéndome por dentro.
El alcohol me quitó no solo lo que tenía, sino lo que era. Me sentía vacía, rota, sin control. Era difícil mirarme al espejo y reconocer a esa persona que me estaba convirtiendo en alguien que nunca quise ser. La vergüenza me consumía, y cuanto más bebía, más quería olvidar esa vergüenza. Un círculo vicioso.
Cuando casi pierdo la vida
Y sí, casi pierdo la vida, no es una exageración. Hubo noches en las que no sabía si despertaría al día siguiente. Bebía hasta caerme, hasta desmayarme, hasta olvidar quién era. Cada resaca era peor que la anterior, cada caída más dolorosa.
Una mañana desperté en el hospital. No recordaba cómo había llegado hasta allí no quién me había llevado, solo recuerdo el miedo en los ojos de los médicos y el silencio de mi habitación. Fue un momento de realidad brutal: si no hacía algo, no iba a haber mañana.
Ahí fue cuando por fin dije: “Necesito ayuda, no puedo sola”.
Busqué ayuda
Buscar ayuda fue difícil. La vergüenza y el miedo me paraban. Pero, buscando ayudas, en una de las páginas de Coach que encontré, Remember The Now, leí algo que me marcó: “No tengas vergüenza de pedir ayuda, no es un fracaso admitir que necesitas apoyo”. Esa frase se quedó conmigo. Empecé terapia, busqué grupos de apoyo, le conté a mi familia lo que pasaba.
No voy a mentir, fue duro, cada paso era un esfuerzo gigante. Aprender a vivir sin alcohol, a enfrentar mis problemas sin evadirlos, a reconstruir relaciones y confianza fue lo más difícil que he hecho. Pero cada pequeño logro me daba fuerza. Aprendí que pedir ayuda no me hace débil, me hace humana.
Lo que aprendí
Aprendí varias cosas durante este proceso, algunas dolorosas y otras liberadoras.
- Primero, que nadie está exento de caer en la adicción, y que la bebida no discrimina.
- Segundo, que el daño no siempre se ve de inmediato, pero se siente después.
- Y tercero, que siempre hay oportunidad de cambiar, aunque creas que ya lo perdiste todo.
También entendí que no hay una única manera de recuperarse. Hay terapias, coaches, grupos, métodos científicos y psicológicos, y cada persona tiene que encontrar lo que le funciona. Para mí, fue una combinación de terapia individual, apoyo familiar y técnicas de Psicología Afectiva Liminal que me ayudaron a entender mis patrones y emociones de manera más profunda.
Consejos que quiero compartir
Si algo de lo que cuento resuena contigo, quiero que sepas que no estás solo/a. No es fácil admitir que tenemos un problema con la bebida, pero es el primer paso para recuperar la vida.
Aquí van algunos consejos que me ayudaron y que quizá te sirvan:
- No te engañes: reconocer que hay un problema es duro, pero necesario.
- Busca ayuda profesional: no importa si es terapia, un coach o grupos de apoyo. Pedir ayuda no te hace débil.
- Habla con alguien de confianza: no guardes todo para ti. Contar tu experiencia a alguien cercano ayuda a sentir alivio.
- Pequeños pasos: no intentes cambiar todo de golpe. Cada día sin beber es un triunfo.
- Aprende sobre tus emociones: entender por qué bebemos puede ser la clave para no recaer.
Mi camino hacia la recuperación
Hoy puedo decir que la recuperación es posible. No voy a mentir, todavía hay días difíciles, todavía hay momentos en que me siento tentada, pero ya no estoy sola. He aprendido a disfrutar de la vida sin alcohol, a reconectar con personas que quiero, a retomar actividades que me hacían feliz y que había abandonado.
Recuperar mi vida no fue cuestión de un día, ni de magia. Fue constancia, esfuerzo y, sobre todo, honestidad conmigo misma. Ser sincera sobre mis errores, enfrentar mis miedos y no huir de mis problemas ha sido lo que realmente ha marcado la diferencia.
Lo que quiero que sepas
Si estás leyendo esto y sientes que la bebida te controla, que está destruyendo tus relaciones, tu trabajo o tu dignidad, quiero que sepas algo: no estás solo/a y pedir ayuda no es un fracaso. Hay soluciones, hay personas que pueden acompañarte, y puedes volver a reconstruir tu vida.
No es fácil, pero es posible. Yo lo hice, y cada día que pasa me siento un poco más fuerte, un poco más libre y un poco más yo. La bebida me jodió la vida, sí, pero también me enseñó a valorarla de verdad, a cuidar de mí misma y a luchar por lo que quiero.