Más de la mitad de la población española padece bruxismo, y la mayoría no lo sabe. Detrás de jaquecas frecuentes, dolores faciales y dolores mandibulares está el bruxismo.
Un artículo publicado en la revista Consumo Claro señala que 2/3 de la población española padece bruxismo. En ocasiones, este bruxismo desaparece con el tiempo, pero en otros casos, los menos, puede volverse crónico.
El bruxismo es el acto involuntario de apretar y rechinar los dientes. Muchas veces esta acción involuntaria se produce por la noche, mientras dormimos, lo que hace que no nos demos cuenta.
El bruxismo no tiene una edad concreta. Puede afectar igual a niños que a personas mayores. Tampoco se conoce a ciencia cierta su causa, aunque se sabe que pueden influir factores como el estrés, la ansiedad, la mala alineación de los dientes o los trastornos del sueño.
El bruxismo crea un patrón de desgaste en los dientes que cualquier odontólogo lo puede detectar con una simple inspección ocular. Sin embargo, como ya hemos dicho, aparte de castigar nuestra dentadura, este trastorno nos puede producir dolores en las sienes, dolores en la cara o afectar a la Articulación Témporo Mandibular (ATM), la articulación que conecta la mandíbula con el cráneo.
Como ya hemos dicho, si padeces bruxismo nocturno, es complicado que te des cuenta. Solo puedes saberlo porque alguien te lo ha dicho. A lo mejor tu pareja, si dormís juntos. Despertarse con frecuencia con un dolor de mandíbula intenso, con un dolor en los dientes o en las encías, al que no encuentras explicación, y además sentir que esa noche no has descansado, te pone en sobreaviso sobre la posibilidad de padecer bruxismo. De todos modos, si este es tu caso, visita a un médico o un odontólogo, será quien te sacará de dudas.
¿Qué es el bruxismo?
Nos dicen los doctores de Skin Face Clinic, una clínica de Málaga, en la que aplican tratamientos faciales, de obstetricia y de medicina estética, que ante todo, el bruxismo es ante todo un acto involuntario e inconsciente.
El bruxismo es un trastorno que consiste en apretar o rechinar los dientes, ejerciendo una presión excesiva sobre la mandíbula y las piezas dentales. Este movimiento repetitivo provoca un roce continuo entre los dientes superiores e inferiores que, con el paso del tiempo, puede afectar tanto a la salud bucodental como al bienestar general. Muchas personas no son conscientes de que padecen bruxismo hasta que comienzan a notar sus consecuencias o el dentista detecta signos de desgaste durante una revisión.
Sus manifestaciones pueden variar considerablemente de una persona a otra. Uno de los efectos más frecuentes es el desgaste progresivo del esmalte, que puede derivar en fisuras, fracturas o un aumento de la sensibilidad dental. También son habituales las molestias en la musculatura de la mandíbula, la sensación de rigidez facial, el dolor de cabeza, las molestias en los oídos y la inflamación de la articulación temporomandibular, encargada de unir la mandíbula con el cráneo. En los casos más persistentes, estas alteraciones pueden dificultar la masticación y afectar a la calidad de vida.
Las causas del bruxismo son diversas y, en muchas ocasiones, intervienen varios factores al mismo tiempo. El estrés y la ansiedad se encuentran entre los desencadenantes más habituales, aunque también puede influir la predisposición genética, determinadas alteraciones en la mordida, algunos hábitos cotidianos o problemas relacionados con la musculatura mandibular.
La intensidad del trastorno también es muy variable. En algunas personas aparece de forma puntual y desaparece al cabo de un tiempo, mientras que en otras puede convertirse en un problema crónico. Por este motivo es conveniente buscar ayuda médica en cuanto se perciban los primeros síntomas.
El bruxismo nocturno.
El bruxismo nocturno se produce mientras la persona duerme. Los episodios suelen aparecer durante las fases 2 y 3 del sueño no REM, un momento en el que el organismo debería encontrarse en un estado de descanso profundo. Sin embargo, los músculos de la mandíbula se activan de manera inconsciente, provocando que la persona apriete o rechine los dientes sin darse cuenta. En una noche de unas ocho horas de sueño, estos episodios pueden acumular entre 17 y 38 minutos de actividad.
Al producirse mientras el paciente está dormido, es habitual que no sea consciente del problema. En muchas ocasiones son la pareja o quienes comparten habitación quienes detectan el característico ruido del rechinar de dientes. Otras veces, el diagnóstico llega durante una revisión odontológica, cuando el especialista observa un desgaste anómalo del esmalte, pequeñas fracturas dentales o signos de sobrecarga en la mandíbula.
En los casos de bruxismo crónico, este trastorno suele manifestarse con mayor frecuencia entre los 17 y los 20 años y, en algunas personas, puede disminuir progresivamente a partir de los 40. No obstante, también puede aparecer en cualquier etapa de la vida y desaparecer de forma espontánea.
Aunque sus causas no se conocen con exactitud, diferentes investigaciones han identificado diversos factores que favorecen su aparición. Tal y como explica la revista Movida Sana, los trastornos del sueño constituyen uno de los principales desencadenantes, ya que el propio bruxismo interfiere en el descanso y puede provocar despertares repetidos durante la noche. También se ha observado una relación con problemas respiratorios, como la apnea del sueño, y con determinadas alteraciones en la mordida que dificultan una posición de reposo cómoda para la mandíbula.
Algunos hábitos saludables pueden contribuir a reducir la intensidad de los episodios. Practicar ejercicio físico de forma regular ayuda a disminuir la tensión acumulada durante el día y favorece un descanso más reparador. Del mismo modo, cenar de forma ligera y con suficiente antelación antes de acostarse facilita la relajación del organismo y puede reducir la intensidad de los movimientos involuntarios que caracterizan al bruxismo nocturno.
El bruxismo diurno.
La revista Actualidad Sanitaria indica que el bruxismo diurno está más ligado a los estímulos psico-sociales y ambientales, como el estrés. El bruxismo diurno consiste en apretar los dientes o mantener una tensión excesiva en la mandíbula mientras la persona está despierta. A diferencia de otras alteraciones que se producen durante el sueño, este hábito suele aparecer de forma consciente durante las actividades cotidianas, especialmente en momentos de concentración, presión o nerviosismo. Aunque quien lo padece puede detener el movimiento al darse cuenta, en muchas ocasiones vuelve a repetirlo sin ser consciente de ello.
El estrés y la ansiedad son dos de los factores más estrechamente relacionados con este trastorno. Las jornadas laborales intensas, los periodos de exámenes, las preocupaciones personales o la presión constante pueden hacer que el organismo libere esa tensión mediante la contracción continuada de los músculos de la mandíbula. Como consecuencia, muchas personas aprietan los dientes de forma repetitiva durante horas, lo que puede provocar molestias musculares, dolor mandibular, cefaleas y un desgaste progresivo de las piezas dentales.
Un ejemplo de esta relación entre el estrés y el bruxismo se observó tras el confinamiento provocado por la pandemia de la COVID-19. Numerosos profesionales sanitarios detectaron un aumento de los casos, asociado a la incertidumbre laboral, la preocupación por la salud y el impacto emocional que generó aquella situación. En muchas personas, la ansiedad acumulada se manifestó mediante el apretamiento involuntario de los dientes durante el día.
Los especialistas suelen diferenciar tres niveles de intensidad. En una primera fase, el hábito aparece de forma esporádica y suele desaparecer sin tratamiento. En un segundo nivel, el apretamiento de los dientes se convierte en una respuesta habitual ante situaciones de tensión, aunque la persona puede interrumpirlo cuando toma conciencia de ello. En los casos más avanzados, el bruxismo se encuentra tan interiorizado que resulta difícil controlarlo incluso en situaciones cotidianas, llegando a afectar a la vida social y al bienestar del paciente. En estas circunstancias, además del tratamiento odontológico, suele ser necesario actuar sobre el origen del problema, reduciendo el estrés y aprendiendo técnicas que permitan controlar la tensión emocional.
El bruxismo y el dolor de cabeza.
El bruxismo puede ser una de las causas del dolor de cabeza persistente, tal y como dice la Asociación Española contra la Migraña y la Cefalea (AEMICE), especialmente cuando el hábito de apretar o rechinar los dientes se mantiene durante un largo periodo de tiempo. En muchos casos, quienes padecen este trastorno no relacionan ambos problemas, por lo que el origen de las molestias puede pasar desapercibido durante meses o incluso años.
El dolor de cabeza crónico se define como aquel que aparece de forma recurrente durante al menos 15 días al mes. Sus causas son muy variadas y pueden incluir alteraciones neurológicas, problemas musculares o trastornos relacionados con la articulación de la mandíbula. Cuando el origen se encuentra en el bruxismo, el tratamiento debe dirigirse a controlar este hábito, ya que los analgésicos solo alivian los síntomas de forma temporal.
Durante los episodios de bruxismo, los músculos encargados de la masticación realizan un esfuerzo continuo que genera una gran tensión en la mandíbula. Esta sobrecarga muscular puede extenderse hacia las sienes, el cuello y la base del cráneo, provocando cefaleas de tipo tensional. Con el paso del tiempo, la repetición de estos movimientos favorece la aparición de molestias cada vez más frecuentes e intensas.
Además del dolor de cabeza, el bruxismo puede producir molestias en la mandíbula, rigidez cervical, dolor en los hombros e incluso tensión en la parte superior de la espalda. También es habitual que aparezcan trastornos de la articulación temporomandibular (ATM), responsable de unir la mandíbula con el cráneo. Cuando esta articulación se inflama o funciona de forma incorrecta, el dolor puede irradiarse hacia el oído mediante un fenómeno conocido como dolor referido, dando la sensación de que el problema se encuentra en esa zona.
En algunos pacientes, el bruxismo también se asocia con alteraciones del descanso, como despertares frecuentes o una peor calidad del sueño, lo que puede intensificar la sensación de fatiga y favorecer la aparición de cefaleas.
Si el dolor de cabeza es recurrente y se acompaña de molestias mandibulares o desgaste dental, resulta recomendable acudir a un odontólogo para descartar el bruxismo como causa del problema
Tratamientos.
El tratamiento del bruxismo debe adaptarse a las necesidades de cada paciente, ya que no todas las personas presentan la misma intensidad de síntomas ni las mismas causas. El objetivo no es únicamente proteger los dientes, sino también aliviar la tensión muscular, reducir el dolor y actuar sobre los factores que lo desencadenan.
Uno de los tratamientos más habituales es el uso de férulas de descarga. Se trata de dispositivos de resina fabricados a medida por el odontólogo tras realizar un estudio de la mordida. Estas férulas se colocan normalmente durante la noche. Su función es evitar el contacto directo entre los dientes, proteger el esmalte del desgaste y disminuir la presión que soportan la mandíbula y la articulación temporomandibular. Para que sean eficaces, deben ajustarse con precisión y revisarse periódicamente.
Cuando el bruxismo provoca un desgaste importante de las piezas dentales, el dentista puede recomendar tratamientos restauradores para recuperar la anatomía de los dientes dañados. Si existe dolor o inflamación, también pueden emplearse analgésicos o antiinflamatorios durante periodos concretos, siempre bajo supervisión médica.
En muchos pacientes resulta imprescindible actuar sobre el origen del problema. Como el estrés y la ansiedad son factores muy frecuentes, la terapia psicológica, las técnicas de relajación, la meditación o el yoga pueden ayudar a disminuir la tensión que favorece el bruxismo. Asimismo, practicar ejercicio físico con regularidad y mantener unos buenos hábitos de descanso contribuye a reducir la sobrecarga muscular.
La fisioterapia también desempeña un papel importante. Mediante masajes específicos, estiramientos y ejercicios para la musculatura facial y cervical, se consigue aliviar la rigidez de la mandíbula y mejorar la movilidad de la articulación temporomandibular.
En determinados casos, especialmente cuando existe una contracción excesiva del músculo masetero, el especialista puede recurrir a micro-infiltraciones de toxina botulínica. Este tratamiento reduce temporalmente la fuerza de la musculatura responsable del apretamiento dental, disminuyendo el dolor, evitando un mayor desgaste de los dientes y mejorando la calidad de vida del paciente. La combinación de varias terapias suele ofrecer los mejores resultados a largo plazo.